lunes, 31 de enero de 2022

VERDAD SOBRE MENTIRAS

 QUERIDOS VECINOS
(Favolacce)
2020. Dirs. Damiano y Fabio D’Innocenzo.

         Un narrador comenta al inicio de la película que se ha encontrado el diario incompleto de una jovencita. Luego de aclarar que es una historia verdadera basada en una mentira, se entra de lleno a la vida en un suburbio al sur de Roma. Un vecindario de clase media alta donde conviven diversas familias. Una noche, varias parejas con sus hijos cenan en casa de Bruno (Elio Germano, tan excelente como detestable) y Dalila. El hombre hace que sus hijos Dennis y Alessia, lean en voz alta sus reportes de calificaciones con puras notas altas. En el verano, compra una alberca inflable que se torna en la atracción de todos los jovencitos que están siempre en ella. Una de las niñas, Viola, se infecta con piojos, por lo que sus padres le cortan el cabello y la culpan por haber estado en esa alberca. Uno de los compañeros de estos niños es Geremia, de clase baja, con padre que es mesero en una pizzería… Y así, se van sucediendo episodios que describen la vida cotidiana de estos personajes, entre otros. No obstante, hay toda una realidad oscura, oculta, detrás de las amables apariencias.

         Segunda película escrita y dirigida por los hermanos D’Innocenzo, que se ganó el Oso de Plata al mejor guion en el Festival de Berlín 2020, y que resulta desagradable en cuanto a lo que está narrando y que resulta ser, paradójicamente, su mayor atractivo fascinante. La cinta nos habla del fracaso parental y de la insatisfacción filial. Las formas de actuar de los padres no corresponden con las expectativas de los hijos. Todos ellos obedientes, inteligentes, sometidos a la voluntad y dictados de las personas mayores. Alrededor está la complacencia o a violencia. Nunca hay un diálogo para propiciar la comprensión ni dilucidar las esperanzas de los niños, casi adolescentes, que se encuentran en los umbrales de la sexualidad, de la búsqueda de respuestas hacia su futuro y del sentido de la existencia. Ante la complacencia de todos por la alberca que se ha vuelto comunitaria, su dueño decide reventarla, aduciendo que fue un acto de vandalismo.

         Una de las niñas le muestra a Dennis el celular donde su padre ha guardado vídeos pornográficos y le propone que pierdan la virginidad. Geremia contrae sarampión, por lo que la madre de Viola le pide a su padre que le permita que ambos pasen una tarde juntos para que la jovencita pueda contagiarse y quitarse ese “pendiente” natural, ya que todos sus amigos ya lo han sufrido previamente. Luego está la presencia de un maestro que sirve como guía de alternativas destructivas y quien será el único que pueda proveer de salidas extremas a las situaciones insostenibles que viven sus alumnos. El horror que se deriva ni siquiera pone en aviso a los padres de que algo anda mal.

         Una cinta difícil gracias a las situaciones perversas de lo que, idealmente, sería una fábula con todo y moraleja. En este caso, como el título original lo indica, son “fabulillas”, mencionadas de manera despreciable (como un equivalente despectivo de “palabrotas” o “palabrejas”). Al nivel de un Todd Solondz (Bienvenidos a la casa de las muñecasHappiness) en cuanto a la disección moral de la familia o un Michael Haneke (Funny Games) ante el envilecimiento y la fatalidad, no es una película para sensibilidades débiles. La cinta tiene una circularidad en su narrativa, cambiando personajes y circunstancias, pero siempre estableciendo una terrible frustración y desesperanza. Y sin embargo, seduce, atrapa, permite reflexionar…

Los hermanos D'Innocenzo


jueves, 20 de enero de 2022

EL DIABLO NO EXISTE

EL MAL NO EXISTE
(There is No Evil)
(Sheytan vojud nadaran)
2020. Dir. Mohammad Rasoulof.

         Las películas iraníes muestran grandes contrastes entre la vida cotidiana y las restricciones que impone el gobierno islámico. Por las calles circulan automóviles europeos y orientales, existen franquicias de pizzas y cafés elaborados, además de que las familias hacen sus compras en supermercados modernos: todo da lugar a una imagen cosmopolita, como cualquier ciudad europea. Por otro lado, están las persecuciones ideológicas, aparte de las obviamente criminales, que producen un gran número de ejecuciones. En sus inicios, luego de la derrota del Shah de Irán, se acostumbraban fusilamientos. Ahora es la horca que se lleva a cabo de manera sofisticada, donde un botón elimina automáticamente a la superficie donde están parados los condenados a morir, pero también, y muy usual, es que un familiar, o un soldado, sea quien tumbe un simple y primitivo taburete.

         Esta película, ganadora del Oso de Oro en Berlín 2020 fue filmada por el realizador Rasoulof desafiando a un sistema que lo ha condenado a no hacer cine. Obviamente, la película no puede ser vista en su país. A través de cuatro historias, se cuestiona a un sistema que utiliza la pena de muerte como castigo, aunque sea por las razones más nimias e inofensivas. Igualmente, está el aspecto moral, el sentido de culpa, los secretos. Por eso, en una de las historias, un soldado está lamentando su destino porque el servicio militar le obliga a ser verdugo. Si rehúsa, no tendrá alternativa para poseer pasaporte, conseguir trabajo, tener todas las ventajas de cualquier civil. Los cuatro segmentos nos hablan de la interacción que esta práctica salvaje tiene entre sus protagonistas. Así como existen personas que se acostumbran a una sociedad que les obliga a mantener una doble existencia, hay otras que no toleran la violencia irracional debida a mentalidades obtusas y cerradas. Hay que tomar decisiones para seguir viviendo. El título original en farsi es “El diablo no existe”. La traducción literal del título en inglés es “El mal no existe” y así se le bautizó en español. La cinta nos comprueba que, por supuesto, se encuentra entre nosotros, siempre, acechante, real, sin caer en la ciencia ficción ni en la fantasía…

El director Mohammad Rasoulof


EL CINE COMO RESPUESTA

RIFKIN'S FESTIVAL:
UN ROMANCE EQUIVOCADO
EN EL LUGAR ADECUADO
2020. Dir. Woody Allen.

         Otra gran obra de madurez. Uno de los más grandes directores del cine norteamericano nos ofrece ahora su tributo personal hacia el cine como marco de su eterna obsesión por las relaciones de pareja, pero establece, sobre todo, que es la mejor manera para encontrarle sentido a las grandes preguntas de la vida. Mort Rifkin (Wallace Shawn) es escritor y fue maestro de cine. Platica con su analista y le cuenta lo que sucedió en su última visita al Festival de San Sebastián al cual acompañó a su esposa Sue (Gina Gershon), publirrelacionista del realizador Phillipe (Louis Garrel) quien se ha convertido en la sensación del momento. Mort no disfruta los festivales porque “ya no son como antes”. Empieza a darse cuenta de que hay algo más en la relación entre Sue y Philippe, con el cual no ha podido llevarse bien ya que lo siente pretencioso y que su cine se confunde como “artístico”. Tiene sueños que se relacionan con los grandes clásicos de antaño, donde reproduce sus propios momentos personales y de pareja: El ciudadano Kane, Ocho y medio, Jules et Jim, Sin aliento, Fresas salvajes, El ángel exterminador, Persona, Un hombre y una mujer, además de somatizar sus angustias que lo lleva a consultar a una doctora, Joanna (Elena Anaya), de la cual queda prendado porque representa todo aquello que pudo haber vivido.

         Homenaje al cine y al Festival de San Sebastián, mostrando la belleza de la ciudad, aunque critique la frivolidad y estulticia de los medios de comunicación, además de las actitudes y anhelos de los actuales creadores cinematográficos: un hombre le comenta a una rubia despampanante que está perfecta para interpretar a ¡Hanna Arendt! en su próxima cinta sobre el juicio a Eichmann. Otra persona expresa que se proyectará la versión del director de una cinta de “Los tres chiflados”. Las preguntas de los reporteros en las ruedas de prensa se reproducen como son en la vida real: idioteces superficiales que solamente muestran la ignorancia de los reporteros, nunca verdaderos profesionales del periodismo.

         Suma de homenajes a sus realizadores preferidos: el cine ya no es como antes, se queja Mort (como alter ego de Allen quien acaba de declarar que en las salas ya no se encuentran las verdaderas películas que antes se realizaban), ya que sus clases eran decepcionantes, aunque siempre había unos cuantos estudiantes verdaderamente interesados en la esencia y naturaleza del cine. Los sueños que reproduce son deliciosos y de ahí que Rifkin elabore su propio festival. Al estilo de Welles, un niño judío cuyo trineo lleva el nombre de “Rose Budnick”, una suicida, jugando con el Rosebud de "El ciudadano Kane". Al estilo de Bergman, su esposa y su doctora reproducen comentarios sobre fidelidad y pareja ¡en sueco!, con los encuadres de Personalas reuniones familiares de Fresas salvajes o el retorno a la Muerte y el ajedrez en El séptimo sello. Buñuel es recordado por el fetichismo hacia los pies femeninos. Woody Allen establece las diferencias entre lo que era la cinefilia apasionada y las obras fílmicas siempre personales y retadoras, contra el mercantilismo, la abundancia de propuestas y lo efímero del presente. ¿Por qué ahora se olvida tan rápidamente al estreno que es sustituido por otro y por otro y por otro, en cadena sucesiva y progresión infinita? ¿Dónde quedan los recuerdos memorables de las cintas de un festival cuando no hay tiempo para afianzarlos? ¿Dónde están los espacios de reflexión que permitan que el cine sea un punto de referencia personal y eje sobre el cual se mueva la historia?

         Y el personaje de Mort es un hombre mayor, casado con una mujer menor en edad, que ofrece las variables de la autoficción. Woody Allen siempre ha sido autor completo que desahoga en sus imágenes todo aquello que le afecta, le acontece, le produce reacciones debidas al pasado y a la experiencia. No deja de utilizar a sus creaciones fílmicas como una manera de asentar su presente. Sí, el cine ya no es como antes, y los nuevos creadores creen que pueden revolucionar al medio, sin darse cuenta de que sus narraciones son simples variaciones de tantas ya plasmadas en la pantalla, y que la soberbia, como pasa con el realizador Philippe, les torna en payasos caricaturescos por su ignorancia. Ahora, todo aquello que conmueve y produce dinero es confundido como “arte”. Todo lo que deslumbra al cinéfilo inexperto es prueba de sus faltantes. Para verdaderamente amar al cine hay que haber visto cine, mucho cine, porque además del placer que causa, nos define, nos ofrece nuestras claves personales, nos permite descubrirnos, nos asegura que la vida tiene un sentido y, siempre, nos ofrece las respuestas a las grandes preguntas.

El maestro Woody Allen dirigiendo a Wallace Shawn y Elena Anaya

miércoles, 12 de enero de 2022

LA JAULA DE ORO

SPENCER
2021. Dir. Pablo Larraín.

         La princesa Diana (Kristen Stewart) se pierde en el camino a la casa real en Norfolk, donde pasará la Navidad junto con la familia. Su punto de referencia es un viejo espantapájaros que viene a ser símbolo de sus tiempos de infancia ya que ahí fue donde creció. Al llegar a su destino, es recibida por el atávico mayor Gregory (Timothy Spall) quien se encuentra para cuidarla y evitar el paso de los infaltables paparazzi. Diana llega, entonces, a lo que se convierte en una jaula de oro. Son los inicios de los años noventa, cuando ya es considerada la oveja negra de la familia, está consciente del amorío que su principesco marido sostiene con su amante Camilla Parker-Bowles, y sabe que solamente puede encontrar solaz en el pasado (ya que dentro de la realeza solamente existen pasado y presente), que es cuando fue feliz, o al lado de sus hijos William y Henry, quienes la adoran y son sus compañeros de juego.

         El guion explora, de manera ficcional, los hechos que llevaron a la separación matrimonial de una princesa muy querida por el público: tres días en la Navidad de 1992. Diana se clasificó como personaje de cuento de hadas para el imaginario colectivo y se encontró inmersa en una serie de protocolos y ceremonias que iban más allá de lo práctico y terrenal. Todo era una serie de formas y fórmulas: lo que se iba a comer, lo que serían los vestidos para utilizar en cada día y ocasión del fin de semana; la llegada a comer, tomarse una foto, o una reunión, antes de la Reina Isabel. Y siempre, la mirada atenta, implacable, sobre ella y sus actos. El oído perspicaz para escuchar cualquier cosa que se dijera. Las cortinas cerradas para evitar que se tomaran fotografías a distancia. Según Diana: “soy un imán para la locura… para la locura de otras personas”.

         La aparición de una biografía sobre Ana Bolena, la esposa de Enrique VIII que fuera decapitada, para que éste pudiera casarse con Jane Seymour, colocada convenientemente sobre la cama de la princesa, hace que Diana establezca un parangón con sus propias circunstancias. Están los fuertes rumores acerca de la amante del príncipe Carlos, quien le hace ver a Diana que, entre ellos, (la realeza), siempre debe de haber una dualidad: la imagen pública, la imagen privada. Es la infidelidad de su esposo, junto con las presiones de una clase privilegiada, lo que hace que Diana empiece a descender a su infierno personal. Solamente sus hijos, y la presencia de una de sus vestidoras, Maggie (Sally Hawkins), persona de confianza, son los elementos que le permiten a Diana tener cierta esperanza, sin imaginar el futuro que se encontraba, trágicamente, a la vuelta de la esquina.

Pablo Larraín con Kristen Stewart en el Festival de Venecia



martes, 11 de enero de 2022

MERCANCÍA VIVA

EL HOMBRE QUE VENDIÓ SU PIEL
(L’homme qui a vendu sa peau)
2020. Dir. Kaouther Ben Hania.

         Sam Ali (Yahya Mahayni) es un hombre sirio que, eufórico por el amor que tiene hacia su novia Abeer, expresa una frase con tonos revolucionarios, de manera inofensiva, fuera de contexto, pero que levanta sospechas, mientras ambos se transportan en un camión urbano. Es encarcelado, pero dejado libre por un familiar que trabaja en la delegación, por lo que decide escapar del país hacia Líbano. Su novia se casa con un delegado de la embajada siria en Bélgica y el sueño de Sam es poderla alcanzar. Un día lo contacta un artista contemporáneo, Jeffrey Godefroi, quien le propone que le permita crear un tatuaje sobre su espalda. A su favor, Sam obtendrá una visa especial que le permitirá viajar libremente por Europa. A cambio, será una obra de arte viviente que se exhibirá en museos, con la posibilidad de ser vendido bajo ese concepto… A partir de un hecho de la vida real, iniciado en 2008, donde el artista belga Wim Delvoye, contrató a un hombre para realizarle un tatuaje en la espalda y exhibirlo, la realizadora tunecina Ben Hania se inspiró para ofrecer un matiz político y de reflexión que abarca desde los derechos humanos, la trata de personas, y más que nada, cuestiona la validez del arte contemporáneo como ya lo hicieron en su momento las extraordinarias Velvet Buzzsaw (2019, Dan Gilroy) The Square: la farsa del arte (2017, Ruben Östlund), a través del uso de lo sobrenatural y de la farsa, como elementos básicos para satirizarlo.

         Lo que mueve a Sam es el amor. Su relación con Abeer se torna imposible y, para sobrevivir, requiere reencontrarla. Al llegar el extraño ofrecimiento del artista, se da cuenta de que será su única salida. Hay mucho dinero y muchas ventajas para el desesperado hombre. No obstante, jamás toma conciencia inicial de que hay explotación detrás del proyecto artístico. Sam se convierte en objeto. Al cuestionarse a Godefroi sobre este aspecto, su respuesta es simple: las personas tienen obstáculos para trasladarse por el mundo, pero no así las mercancías. Sam se convierte en producto con valor. Por un lado, su estatus de refugiado en Líbano, inmigrante, limitado. Por otro, el absurdo mundo del arte contemporáneo donde se considera que los territorios de la creación son múltiples e infinitos, que deben ser explorados. Por tal motivo, el tatuaje sobre la espalda de Sam es una obra de arte que puede ser admirada en museos y adquirida por coleccionistas. Queda asegurado como obra de arte. Sufre las realidades de la piel (una espinilla que surge de repente) y las limitaciones como modelo que no puede acercarse a sus admiradores, entre otros sometimientos.

         La realidad se convierte en obra de ficción para cuestionar al mundo que habitamos. Se ponen en tela de juicio la falta de compasión humana, la frivolidad de los coleccionistas, el sentido mercantilista de los creadores artísticos, y más que nada, la problemática de la migración que lleva a sus víctimas a realizar actos inimaginables bajo otras circunstancias.  En la película aparece el artista que fue la inspiración de esta realizadora, autora total, como el asegurador de Sam, además de que se presentan otras obras suyas, dentro de los museos donde se exhibe al hombre-objeto. No es una cinta perfecta y cae en algunos momentos de autocomplacencia, pero su tesis es válida y su narración permite que se cuestionen elementos que en este mundo actual han tomado matices inesperados, absurdos…

La directora tunecina Kaouther Ben Hania, en Venecia 2020.