
El actor Emil Jannings (Suiza, 1884 - Austria, 1950), luego de haber triunfado en el cine alemán desde los años diez, alcanzó el pináculo de su carrera con cintas que tuvieron mucho éxito en Estados Unidos (“El último hombre”, “Tartufo” y “Fausto” de Murnau, “Variedades” de Dupont) por lo que fue importado para trabajar en Hollywood (al igual que sus directores). Sus primeras películas de 1927-28 (“El destino de la carne” de Fleming, junto con la cinta que da título a este artículo) le otorgaron el primer premio Óscar como mejor actor.
“La última orden” (The Last Command, Von Sternberg, 1928)


Ahora es ese Gran Duque, primo del Zar, que lucha contra los revolucionarios. Manda llamar a una pareja de actores a los cuales reconoce como rebeldes. Golpea al hombre (quien es nada menos el Leo de la narración previa) y lo manda encarcelar, pero se queda con la mujer Natalia (Evelyn Brent) a la cual deja como su protegida. Leo logrará escapar. Natalia tendrá oportunidad de matar a su protector pero descubre que el hombre en realidad ama a Rusia y que sus acciones de lealtad hacia el Zar se deben a ese sentimiento de fidelidad

Al volver al Hollywood de 1928, el director decide hacerle recordar al General sus glorias pasadas, pero sobre todo su derrota (para torturarlo), pero el hombre entra en un sinfín de recuerdos; alucina a los rebeldes que lo atacan; empuña la bandera imperial y sufre un ataque que le quita la vida. El asistente del director expresa que fue mala suerte porque el hombre hubiera sido un gran actor. Leo responde que “más que un gran actor, era un gran hombre”.
La cinta no adquiere matices políticos ni controversias históricas. Lo que importa es el hombre que posee ideales y los persigue aunque esté, según el cristal con el cual se mire, correcto o equivocado: a pesar de ser primo del Zar, el general está consciente de la realidad del ejército y de la frivolidad del regente que no ama a su nación como debería; el amor es soberano y se encuentra más allá de cualquier situación política, y eso hace que Natalia se entregue a la pasión amorosa porque tiene enfrente a un hombre íntegro aunque opuesto a sus propios afanes de cambio; la venganza, largo tiempo anhelada, se suprime ante la admiración hacia un hombre que ha sido fiel a sus convicciones, porque la locura repentina del general ha permitido la visión de lo que fue el amor a la patria.
El cine silente de los grandes maestros llama mucho la atención por el cuidado narrativo, la iluminación perfecta, los detalles que permiten el avance de la trama.

Von Sternberg siempre fue un apasionado de los personajes zaristas o imperiales. Su gusto por el lujo fue constante (hay que revisar sus cintas con Marlene: ya sea en China o Rusia o España). “La última orden” es ejemplo de dichas pasiones desde los puntos de vista que le eran más queridos.