miércoles, 6 de julio de 2022

LA MUJER Y LA MÁQUINA

EL HOMBRE PERFECTO
(Ich bin dein Mensch)
2021. Dir. Maria Schrader.

                   La arqueóloga Alma (Maren Eggers) acepta participar en un experimento acerca de la convivencia social: vivir temporalmente con un androide que ha sido fabricado acorde con su personalidad, gustos y preferencias. A cambio de ello, recibirá recursos para continuar con sus investigaciones en el Museo Pergamon, de Berlín, donde trabaja. De esta manera conoce al atractivo Tom (Dan Stevens), quien inicialmente será tan caballeroso y amable, que llegará a fastidiar a la mujer. Unas experiencias personales, amargas, la han endurecido y ahora piensa que cometió un error al aceptar tener a este robot a su lado. Así comienza una cinta cuya tesis es la reflexión sobre el significado, precisamente, del concepto de humanidad: interacción con amistad, confianza, calidez, afecto, aunque el interlocutor sea una máquina.

                   Alma llega a un centro nocturno donde están varias parejas en las mesas, platicando o bailando. Una anfitriona la presenta con Tom, quien comienza a hablarle de manera romántica y la saca a bailar, hasta que una falla le hace repetir una frase. Su anfitriona le pide disculpas: en un par de días se le entregará. Así, se establece la verdadera naturaleza, con posibles defectos, de una máquina que posee, extraordinariamente, la textura humana, en piel, aparte de otros atributos. Su sistema operativo le hace utilizar algoritmos que se irán ajustando acorde con las reacciones y situaciones que manifieste Alma. La primera noche, Tom se extraña de que la mujer le envíe a otro cuarto para “dormir”, cuando él tenía la instrucción de que estarían juntos, en el mismo cuarto, y en la siguiente ocasión, prepara un ambiente romántico que Alma rechaza. La mujer comienza a arrepentirse, pero las actitudes que irá demostrando y adquiriendo Tom, le cambiarán su opinión.

                   La realizadora-coguionista Schrader utiliza a la comedia romántica, tan común en estos tiempos, en casi toda la cinematografía mundial, como base para hablar de temas recurrentes: la soledad, la frustración personal, la necesidad de comunicación, la pérdida del sentido de compatibilidad entre personas más que en máquinas, sobre todo. De forma inteligente, un robot vendrá a ser la mejor base de comparación entre seres vivos o máquinas programadas para simularlos. En una secuencia, Alma está esperando el cambio de semáforo y nota que a su alrededor hay un tipo peleándose con el conductor de otro auto. Luego, este mismo tipo la maldecirá, simplemente por estarlo viendo. Luego de la amabilidad e ingenuidad de un androide cálido y pacífico, Alma tiene otro punto de vista para cuestionarse. Por su lado, Tom permanece un día en un café, donde mira a gente enfrascada en sus computadoras viendo vídeos donde la gente se accidenta o sufre tropiezos, sin comprender, desde su algoritmo, el motivo de ese divertimento absurdo: las paradojas del ser humano.

                   Y es que Tom es tan dulce, amable y comprensivo, que Alma comienza a darse cuenta de lo que ha estado perdiendo ante el desvarío de la vida cotidiana. Un viaje al campo, donde vive el padre de Alma, hará que Tom le haga experimentar muchas cosas que había olvidado. De pronto, la niñez, la adolescencia, retornan mentalmente para acordarse de cuando la vida era libre, sin mayores problemas que los del inicial escarceo erótico. En otro momento, una noche de copas hará que ambos tengan una relación sexual: Alma se complace, pero queda en su mente la realidad de que su conversación es un monólogo bajo el estímulo de una respuesta mecánica del otro: es un ideal que se materializa, pero que no deja de ser un ideal. Es como platicar con una mascota, sabiendo que su reacción es instintiva. Por eso, su secuencia final será expresiva y aclarará completamente el sentido de su vida.

                   Coproducida por su actor, el popular Dan Stevens (muy conocido por La bella y la bestia, más aún por la serie de televisión Downton Abbey), la cinta justifica el acento inglés en su alemán casi perfecto: para darle más sentido cosmopolita a la máquina. El espectador tiene conciencia de que el otro es un robot y, sin embargo, acepta la historia amorosa. La secuencia donde Alma conoce a Tom sucede en un espacio pleno de hologramas y otros robots. Si la vida no es perfecta, puede endulzarse con la fantasía hecha verdad cotidiana, compañía, materialización de los sueños, como decía el querido Shakespeare.

 La directora María Schrader (derecha) con su reparto