jueves, 17 de mayo de 2012


CARLOS FUENTES
(1928 – 2012)


            Siempre lo consideré un gran escritor con excelente manejo del lenguaje. Llegué tarde a “La región más transparente” pero leí con avidez “La muerte de Artemio Cruz”. Tardé mucho en traspasar “Cambio de piel” pero me daba curiosidad, misma que sacié con “Zona sagrada” por sus retratos ocultos de María y Enrique. “Aura” es un caso especial para todo adolescente que se respete y quiera nombrarse adolescente. Pude ver la puesta en escena de “El tuerto es rey” donde salían Lola Bravo y Javier Serna, en la escuelita de teatro original, la de Sergio García,  la de 15 de mayo (donde luego, en los primeros años ochenta, pasábamos cineclub magnífico: todo lo que yo no podía exhibir en la UDEM de Pino Suárez, antiguo Versalles, porque era temática delicada para esos tiempos de la universidad, lo exhibíamos gracias a César González y Nancy Saldaña en ese espacio maravilloso).

            Aunque siempre me pareció pretencioso. Tengo una joyita, un librito que se regaló con la edición navideña de 1973 de la revista “para caballeros” llamada “Él”, donde su editor James R. Fortson publicaba una larga entrevista realizada con Fuentes en París ("Perspectivas mexicanas desde París. Un diálogo con Carlos Fuentes" es el larguísimo título). El escritor tenía 45 años entonces (la plenitud). El diálogo es sabroso y egocéntrico. Los protagonistas son él con sus amigos, pero estos no son cualesquiera: William Styron, Shirley MacLaine, Gironella. Fuentes se sabía joven, bello y triunfador: modelo intelectual de escaparate: antítesis de Zoolander. Es el mejor resumen y retrato que puede hacerse de alguien que fue emblemático para mi generación. Su conferencia previa en Bellas Artes, recopilada en “Los narradores ante el público” era seria y contenida. Aquí había (hay) cinismo y desparpajo.

            Lo que más le agradezco a Carlos Fuentes es su colección de cuentos “Cantar de ciegos” que conseguí en la Serie del Volador de Mortiz. Esas narraciones se equiparaban con mis deseos personales (inalcanzados) de escribir, mis inquietudes sobre el arte que buscaba para satisfacerme, imágenes de una realidad añorada. Los años sesenta y la música de jazz, el concurso de cine experimental, el paso por la pantalla de “Un alma pura” y otro de esos cuentos que tardé mucho en encontrar (“Las dos Elenas”), aparte de todas las sugerencias eróticas que producían resquemores y concretos.

            
             Mucho más erudito, conocedor, lector, memorioso, humilde, simpático era (y sigue siendo) José Emilio Pacheco. Más farragosos (pero retadores para el intelecto) eran Salvador Elizondo y Juan García Ponce. Menos popular Juan Vicente Melo. Maravillosa y fuera de serie Inés Arredondo. Muchos otros nombres. Muchos recuerdos. Bellos momentos del descubrimiento de literatura, pintura, música, cine, en esos tiempos que fueron grieta cultural: lo que seguiría tendría otros tintes, lo mismo que la vida.

            Fuentes me aburrió en los últimos años pero esos latigazos que me brindó cuando fui joven marcaron mi piel, ese cambio de piel. Descanse en paz. Gracias. Léanlo. 

sábado, 5 de mayo de 2012

DELINCUENTES JUVENILES



COMANDO ESPECIAL
(21 Jump Street)
2012. Dirs. Phil Lord y Christopher Miller.

            La película comienza 7 años atrás cuando Schmidt (Jonah Hill) y Jenko (Channing Tatum) estaban terminando la preparatoria. El primero era regordete, inteligente y sujeto a la burla de sus compañeros. El otro era atractivo, tonto y popular. 


Ninguno puede asistir al baile de graduación: el primero porque no consigue pareja; el segundo porque sus calificaciones lo evitan. Ambos entran a la academia de policía. Al reencontrarse se vuelven amigos porque uno puede complementar al otro en sus carencias. En tiempo presente se han graduado como policías. Luego de una fallida detención de narcotraficantes, son enviados a una unidad donde se realizan misiones encubiertas. Su encomienda: hacerse pasar como estudiantes de preparatoria para encontrar al responsable de la creación de una nueva droga que puede resultar fatal.


            A partir de esta premisa plena de absurdos y rindiendo homenaje a una popular serie de televisión de los años ochenta (donde apareció el incipiente Johnny Depp) 


donde unos jóvenes detectives resolvían casos relacionados precisamente con delincuentes juveniles en misiones encubiertas, estamos ante un divertimiento intrascendente e incoherente (hay personajes que uno no sabe si clasificar como buenos o malos; tanto Jenko como Schmidt llegan a comportamientos que en la realidad no serían lógicos; los aspectos físicos de ambos jamás podrían tomarse como estudiantes de ese nivel académico) cuya finalidad es asentar que la falta de creatividad hace recurrir a la repetición de viejas fórmulas y, de esa manera, autoparodiarse de la manera más libre y divertida que pueda pensarse.

            Tanto Hill como Tatum son tan carismáticos que producen la risa ( y la película misma, demostrando que conocen su oficio y apuntalan su futuro). El reparto en general está inteligentemente seleccionado. La cinta es una comedia dirigida a públicos jóvenes pero los mayores pueden acordarse del pasado (hay un momento en que la serie de televisión toma vigencia aunque apenas Ud. podrá descubrirlo). No es una película que dé para mucha discusión. Sus realizadores se hicieron famosos por la cinta animada “Lluvia de hamburguesas” que era tan insólita y cáustica como la que ahora le he estado comentando.


martes, 1 de mayo de 2012

UNA NOVELA TANTO ESPERADA


ÉL
1952. Dir. Luis Buñuel.


Francisco Galván (Arturo de Córdova) es Caballero del Sagrado Sacramento y mientras ayuda al lavatorio de pies en el jueves de Semana Santa se fija precisamente en los pies de Gloria (Delia Garcés) con la cual se obsesiona. Vuelve a la iglesia a buscarla hasta que la encuentra y le confiesa su amor. Ella le dice que está comprometida. Francisco la sigue y espía. Casualmente es novia de Raúl, un ingeniero amigo suyo (Luis Beristáin). Va a visitarlo y le invita a su casa junto con su novia y la madre de ella (Aurora Walker). Francisco aprovecha el momento para conquistar a Gloria. Raúl parte hacia la construcción de una presa. Pasan los meses. Raúl debe volver contra su voluntad al Distrito Federal. Mientras maneja, casi atropella, casualmente otra vez, a Gloria quien se ve extraña. Ella acepta que la lleve a su casa y empieza a contarle su historia como esposa de Francisco. Todo comenzó desde la luna de miel al mencionarle un defecto; luego, al encontrarse a un viejo conocido. Más tarde, con cambios súbitos de humor en su casona de Coyoacán. Luego de intentos por asesinarla (amenazas más que realidades) y ante la incredulidad de su madre y del sacerdote confesor de Francisco, Gloria huye de casa. Francisco la busca y es cuando empieza a quebrarse: siente que la gente se burla y en la iglesia ataca a su confesor. Pasan los años. Gloria y Raúl se han casado y tienen un hijo. Van de visita al monasterio donde Francisco esta recluido simplemente a preguntar por su estado y el padre prior asegura que se ha curado. Ellos deben regresar a Sudamérica donde viven. Cuando el prior se encuentra con Francisco, éste le pregunta por la pareja a la cual vio en la ventana. El prior le pide que vaya a seguir con sus oraciones. Francisco se aleja zigzagueando por un corredor.

            Este es el argumento de “Él”, otra de las obras maestras de Luis Buñuel durante su etapa mexicana.


Es el retrato de un esquizofrénico paranoide que, según se cuenta, era utilizada para ilustrar el caso clínico en escuelas de psiquiatría (dicen que hasta Lacan la ponía como ejemplo). Para Buñuel era una de sus cintas favoritas (“Quizá es la película donde más he puesto yo. Hay algo de mí en el protagonista”) y técnicamente es impecable en cuanto a fotografía, ritmo, edición. El propio Arturo de Córdova, tan igual a sí mismo (como toda estrella prestigiosa del cine mexicano –y universal, finalmente- que se respete) se siente distinto y sus poses, la voz engolada, las utiliza para apoyarle en su actuación: se le nota prepotente para luego cambiar a la vulnerabilidad, la imagen de niño desamparado.

            
             Antes de continuar déjeme contarle una anécdota: Cuando era estudiante en la Facultad de Ciencias Químicas, me encontré cierto día con una alumna nueva que había entrado con el flamante semestre. Lo que me llamó la atención fue, más que su aspecto hombruno (cabello corto, regordeta, lentes gruesos con aros de pasta y un vestuario acorde), el hecho de que estaba leyendo “Él” de Mercedes Pinto. Era una edición vieja por el color de las páginas y el tipo de portada del libro. Me acerqué a platicar con ella (tenía voz profunda, para reiterar lo que he descrito como un estereotipo del personaje lésbico, pero les aseguro que todo esto es cierto), además de tener un buen manejo de la palabra. Le comenté mi admiración hacia la autora y mi gran curiosidad por esa novela gracias a la película de Buñuel. Me hizo saber que tenía alguna relación familiar, lejana, con la escritora. Yo estaba muy emocionado en mi interior. El libro nunca visto en librerías ni en bibliotecas estaba frente a mí: La fuente primaria de una de mis películas favoritas


en una época cuando el anhelo de posesión material era muy fuerte (aunque no había dinero para financiarlo). Le dije que le agradecería mucho si me lo prestaba para  leerlo cuando ella lo terminara y me dijo que sí. Pasaron los días y se lo recordaba cuando nos encontrábamos, pero ella me daba la misma respuesta de que todavía no lo acababa, que esperara. Llegó el momento en que me resigné a no insistir (a veces el orgullo es más fuerte que el deseo o no habría telenovelas ¿verdad?). Esta alumna desapareció luego del semestre: nunca la volví a ver, ni recuerdo su nombre. Le agradezco haberme sembrado la inquietud por ese libro. Y yo, como Scarlett O’Hara prometiendo que nunca volvería a pasar hambre a punto del intermedio de “Lo que el viento se llevó”, dramáticamente me dije que alguna vez tendría “Él” entre mis manos (saciar otro tipo de hambre). Era una escena que mantenía la esperanza y reiteraba la convicción en el público que así sería. Lo mismo me pasó en ese momento de pasión.

            Ahora, luego de cuatro décadas, gracias a una pequeña editorial española (que ha reditado dos novelas de Mercedes Pinto) y al Internet (que ha tornado al mundo en grano de arena), tengo en mis manos “Él” (2011, Ediciones Escalera). 
Lo leí de un tirón. No es un volumen grueso y está escrito en párrafos de corta longitud por lo que su lectura se hace más simple y no se siente. ¡Qué descubrimiento! ¡Qué manera de enfatizar, incrementar, desbordar mi admiración hacia el maestro Buñuel! La novela es la descripción minuciosa del infierno que vive una mujer con un marido paranoico: sus altas y bajas, sus extremos de crueldad con lapsos de romanticismo y amor. La película es una adaptación de esta descripción gracias a la imaginación y a la creatividad de Luis Buñuel y Luis Alcoriza al establecer una pareja donde el hombre adquiere ciertas características relacionadas con el fanatismo católico, las represiones personales y homosexualoides, el sentido del poder que produce el dinero, el fetichismo, pero más que nada con la esquizofrenia. 

          Mercedes Pinto (1883 – 1976)  

publicó este libro en 1926 cuando ya había dejado al primer marido, un Duque de Foronda, padre de sus tres hijos (entre ellos la actriz Pituka; con el segundo marido tuvo otros dos que serían los actores Rubén Rojo y Gustavo Rojo, todavía vivo) con el cual experimentó este horror.

            El maestro Buñuel llegó a darle sentido a la personalidad de quien es llamado solamente “Él” en toda la novela al convertirlo en Francisco, un hombre rico, producto de la vieja sociedad aristócrata guanajuatense que perdió tierras durante el agrarismo, pero sin perder fortuna. Lo hizo católico practicante que rendía honor a su castidad llegando virgen al matrimonio.


           Le otorgó la prepotencia resultante del poder económico al grado de querer equipararse a Dios. Lo mostró mimado, como niño berrinchudo cuando no alcanza lo que le encapricha. Lo caracterizó fetichista para tener un punto de desbordamiento para su sexualidad. Le inculcó la misoginia porque los hombres son mejores que las mujeres y ellas son las que seducen: por eso cuando su criado abusa de una sirvienta, ella es la que resulta despedida. 


Y como producto de su enfermedad mental, le distorsionó el sentido de las buenas costumbres: si alguien mira por el ojo de una cerradura, hay que pincharle el ojo; si la mujer le confiesa que tuvo que desahogarse con su antiguo novio, hay que coserle la vulva y cortarle el clítoris; si hay que dar una lección extrema, se tendrá que disparar una pistola con balas de salva. El marco de esta personalidad irregular y asimétrica es la casa, el hogar de Francisco : un remedo de art nouveau, extraño y desesperante.


            “Él” pertenece a un grupo de películas insólitas en el cine mexicano de ciertos tiempos (en realidad, los filmes de Buñuel son agresivos, transgresores, aparentemente inofensivos, porque nunca tuvo problemas con la censura en nuestro país). Los años cincuenta que dieron lugar a diversas audacias para estar a tono con los cambios que sufría el mundo (desnudos, temáticas atrevidas) permitieron que se sugiriera, por ejemplo, ese atentado sádico contra unos genitales o que el patrón fuera a quejarse de sus problemas con el fiel sirviente para dar un tono homosexualoide o que al final Francisco afirmara que siempre tuvo la razón porque Gloria y Raúl tienen un hijo llamado Francisco.

            “Él”, novela, narra lo que se encontró en una caja metálica como confesión extrema de una esposa amagada y sometida por un marido enfermo; “Él”, película, muestra con imágenes lo que pasaba por la mente de un enfermo y la tortura de ese sometimiento. Es el claro ejemplo real y logrado cuando se leen en los créditos las palabras “basado en” o “inspirado por” alguna obra literaria. Se busca el equivalente en imágenes. Lo que en un libro se comparte a través de la emoción, en una película se le da la ficcionalización narrativa que exprese ese discurso.


            Mercedes Pinto, quien vivió en México por muchos años (de hecho está enterrada en este país), quedó muy satisfecha con la película de Buñuel al metaforizar sentimientos vividos e ilustrar lo que sucede en tantos matrimonios donde lo que está aparente no es necesariamente verdadero. Han pasado sesenta años de la filmación de esta película y su vigencia es brutalmente constante y tristemente continua.

lunes, 23 de abril de 2012

ADICTO AL SEXO




SHAME: DESEOS CULPABLES
(Shame)
2011. Dir. Steve McQueen.

            Steve McQueen (Londres, 1969), homónimo del popular actor norteamericano (1930 – 1980) aunque físicamente sea su antítesis: obeso y de color 


se inició como artista visual en diversas escuelas desde su natal Inglaterra. Su inclinación por las instalaciones donde involucraba la imagen experimental le dio varios premios y fama. En 2008 debutó como realizador de largometrajes con “Hambre” (Hunger) que pasó en Cannes y le obtuvo el prestigioso reconocimiento “Camera d’or” para ópera prima. La historia del republicano irlandés Bobby Sands que en 1981 encabezó una huelga de hambre contra el gobierno de Margaret Thatcher que se negó a otorgarle derechos a los prisioneros políticos mostraba a un nuevo realizador que gustaba de la elipsis narrativa y temporal o del discurso largo para establecer motivaciones. Era una manera cruel de recordar las injusticias del pasado (¿qué país no las ha cometido?) y dejar testimonio sobre ellas. Sands era un hombre que luchaba por sus principios sin importarle la muerte (a la cual llegó). Una víctima más del sistema.

            Tres años más tarde filma “Shame: deseos culpables” para mostrar a Brandon (Michael Fassbender), ejecutivo con buen trabajo y buen nivel de vida, que es adicto al sexo. 




Cuando no se está masturbando (en su departamento o en la oficina) 


paga prostitutas a domicilio


o entra a sitios pornográficos. En el Metro acepta y mantiene la mirada de una mujer que coquetea pero finalmente se aleja cuando se da cuenta que el hombre la toma en serio. Luego de acompañar a su jefe a tomar una copa donde el hombre flirteó con unas mujeres


atrae a una de ellas que le ofrece un aventón para que terminen copulando en una calle oscura. Así mantiene un estilo privado de vida. Cierto día llega su hermana Sissy (Carey Mulligan) a pedirle que la acepte en su departamento. Hay una historia detrás de su relación pero nunca se define. Aunque inicialmente rechaza la petición, finalmente dobla las manos.

            La presencia de Sissy irrumpe en sus costumbres. Un día la mujer le pesca masturbándose; en otra ocasión, mira el sitio al cual Brandon entra para ver mujeres en actos sexuales.


Hay un enfrentamiento que tendrá cierta consecuencia. A Brandon no le quedará otra salida que buscar y extralimitarse en sus necesidades para satisfacer la adicción: el acoso descarado, el trío sexual, la experiencia homosexual.

            Sin embargo, McQueen no es morboso. Comparte al público lo que piensa necesario dentro de lo explícito: la desnudez masculina, los momentos en que se está consumando la relación sexual sin caer en las imágenes duras, el lenguaje obsceno y retador como situación autodestructiva. Y así como lo experimentó en “Hambre”, aquí también hay saltos en la acción o retrocesos intercalados en algún momento que ha sido consecuencia de la obsesión de Brandon.

            Brandon ha llegado al punto en que el sexo es una necesidad. Ya no hay placer sino dolor y en eso, McQueen logra una extraordinaria secuencia al mostrar el rostro del personaje al tener orgasmo: sufre porque no hay nada más. No es posible el acercamiento físico sin el sentimiento. Un sexo mecánico, motivado por la pornografía o la compañera carnal donde no se necesitan preámbulos ni palabras ni caricias previas: la mera acción que involucra el ayuntamiento genital.

A Brandon se le notarán reacciones emocionales en dos momentos únicamente: mientras Sissy (quien es cantante) interpreta “New York, New York” en el bar donde trabaja (el hecho de que sea esta canción en una película que rinde cierto tributo a la ciudad tiene otras connotaciones); el siguiente será casi al final, pero no puedo comentárselo para que usted lo descubra. La cinta es circular en cuanto a la escena del coqueteo en el Metro. Sin embargo, algo ha sucedido en los pocos días transcurridos. Esa es la magia y el sentido de esta excelente película.

Michael Fassbender ha sido el actor de McQueen en sus dos largometrajes.

En “Hambre” 


llegó al grado de bajar veinte kilos para mostrarse demacrado en las etapas finales de su huelga. 

Su carrera ha sido variada y sus participaciones abundantes: “300”, “Bastardos sin gloria”, “Jonah Hex”, “Jane Eyre”, “X-Men: Primera generación”, donde ha pasado desde personaje legendario hasta militar sin piedad, sicario cruel, héroe de novela clásica y el joven Magneto de la serie con personajes de historieta. 


En todos los casos ha sido distinto estableciendo su prestigio y calidad. Tiene la dureza necesaria para entrar en el personaje malvado y extremo además del atractivo suficiente para roles serios y atormentados, como en este caso. Versatilidad.

         
   Por otro lado, Carey Mulligan, en un rol secundario pero importante porque sirve como detonador de emociones, está impactante. Al interpretar su canción uno se pregunta si verdaderamente la gente pagaría por escucharla (aunque pensándolo bien, con tantos adefesios contemporáneos, resulta ser grandiosa). No es esencial porque al final su función sirve para conmover, hasta por la ingenuidad.  No sabemos su historia. Es otra de las cualidades narrativas de la película: vemos cicatrices de otros cortes sobre la piel. No se saben antecedentes del pasado de estos hermanos ni los motivos del rechazo inicial de Brandon (aparte de los obstáculos que presenta para su privacidad cotidiana en lo sexual).


            “Shame: deseos culpables” no se ha exhibido en las salas comerciales de Monterrey (quizás aparezca de repente). Ya ha llegado en Blu-ray y puede rentarse en los videoclubes. No deje de verla, si tiene la alternativa. Es una experiencia única donde se verá el retrato doloroso de una persona que ha perdido las emociones aunque permite un dejo de esperanza. También puede verse como metáfora de la insensibilidad que nos rodea: ¿hasta qué punto el sexo ya se ha convertido en lugar común? ¿Cuál es el valor de la ternura?

domingo, 15 de abril de 2012

FANTASMA DEL PASADO


ANA KARENINA
1967. Dir. Aleksander Zarkhí

            León Tolstoi (1828 – 1910), gran novelista del realismo ruso, es recordado por dos novelas que usualmente se mencionan, se conocen por sus versiones fílmicas, pero es bastante raro encontrarse con alguien que afirme que las ha leído: “Guerra y paz” (hay una versión norteamericana, King Vidor, 1956; otra soviética de Sergei Bondarchuk, 1968) o “Ana Karenina” (múltiples versiones: dos con Greta Garbo donde una es muda, “Love”, en inglés, Edmund Goulding, 1927; y la otra sonora, pero todas tienen el mismo título en español, Clarence Brown, 1935; una delicia con Vivien Leigh en la versión de Julien Duvivier, 1948).


    
        Si Tolstoi fue tolerado por la Rusia soviética y estalinista, se debió a su crítica anárquica y revolucionaria. Su atención a los campesinos. Su cuidado hacia los mismos: fundó escuela y fue maestro, aunque era terrateniente. “Ana Karenina” es una crítica a la sociedad aristócrata de la época zarista: su hipocresía y conveniencia, una doble moral dependiendo de la persona, una religiosidad aparentemente profunda sin dejar de lado la superstición. Junto con “Madame Bovary” de Flaubert, tenemos otro retrato brillante de la mujer adúltera, prisionera de la pasión, con la conciencia obnubilada hasta que llega el remordimiento y, por ende, la muerte.

            En los años sesenta, por la calle de Escobedo esquina con Modesto Arreola, estaba la oficina de una institución que propiciaba el intercambio cultural entre la Unión Soviética y México. Aparte de que distribuía publicaciones y revistas de diversas especialidades, vendía estampillas para aficionados a la filatelia y ofrecía información para becas de estudio en las repúblicas que conformaban a la URSS. Me acuerdo, sobre todo, de que estaban expuestos los requisitos para ingresar a la Universidad Patricio Lumumba en Moscú que echaban a volar la imaginación de quienes éramos todavía estudiantitos de secundaria con ansia de mundo, independientemente de cuestiones sociopolíticas. Las publicaciones eran muy económicas y podía conseguirse, por ejemplo, un libro introductorio al idioma ruso donde uno entendía, al menos, los significados del alfabeto cirílico, para no poder seguir adelante sin la tutoría adecuada.

(una edición de 1971)
            Las revistas que nos interesaban eran “Literatura soviética” donde uno podía leer las creaciones de los autores de boga de esos lugares, pero, sobre todo, estaba “Films soviéticos”. En uno de sus números (que no llegaban puntualmente: lo usual eran varios meses de retraso) nos enteramos de la versión a todo lujo, en 70 milímetros y larga duración de una “Ana Karenina” dirigida por un tal Aleksander Zarkhí.

(Zarkhí)
       La intérprete nos era cercana porque había sido la actriz de “Cuando vuelan las cigüeñas” de Kalatozov (1957) que pudimos conocer gracias al Cineclub del Aula Magna (otra de nuestras universidades fílmicas en esos años lejanísimos de las videograbadoras Beta y lo que ha ocurrido desde entonces). Se llamaba Tatiana Samoilova y había ganado mención en Cannes, lo mismo que la película.

 

            Igualmente lejana estaba nuestra visión de esta “Ana Karenina” hasta que el maravilloso DVD nos la facilitó con el esplendor de la pantalla ancha (y de todas maneras, muchas otras películas de las que nos enteramos en esa revista, se quedaron en el pasado y en sus países socialistas, con excepciones obviamente que se han podido rescatar dentro de nuestras posibilidades). Uno se topa con una versión muy cuidada y respetuosa de la obra de Tolstoi con un elenco de calidad, adecuadísimo físicamente, con la distancia y frialdad natural en el romanticismo del cine soviético.
            El realizador Zarkhí tenía sesenta años y una experiencia que rebasaba las tres décadas filmando dentro de una cinematografía subsidiada, con elencos y técnicos que egresaban de academias e institutos de cine y teatro. Solamente algunas películas eran para exportación y la censura era estricta para discurso y temas. No era raro que algunas películas fueran estrenadas y luego retiradas de exhibición porque no habían gustado finalmente a alguna autoridad. Entonces se nota el cuidado técnico y una forma académica de filmación. “Ana Karenina” era un asunto prestigioso y sería enviada al mundo. Se produjo de 1964 a 1965. La filmación comenzó en 1966 y la película se estrenó a finales de 1967 para pasar a festivales y estrenos diversos en otros países entre 1968 y 1970 (su paso por Cannes se frustró ya que en 1968 se canceló el Festival debido a las revueltas juveniles. En México se exhibió en la última Reseña de Acapulco en 1968 y se estrenaría en el DF en 1969; si acaso llegó a Monterrey no la recuerdo o pasó de manera subrepticia).


            “Ana Karenina” es fiel a la novela y dura 145 minutos, dividida en dos partes. Se narra la llegada de Ana a Moscú donde conoce al Conde Vronski (Vasili Lanovoi, excelente) que será su objeto de pasión.

(Vasili Lanovoi)


Ana está casada con Karenin, político, de posición acomodada (Nikolai Gritsenko, otro actor espléndido) quien primero tolera la infidelidad, hasta que el cinismo de la situación (Ana queda embarazada por su amante) lo torna duro y la repudia.

(Nikolai Gritsenko)

También se pone atención a un segundo personaje importante, Levin (Boris Goldayev), alter ego de Tolstoi, al mostrarlo interesado en el amor por su mujer, la atención a sus colaboradores campesinos y sobre todo, su religiosidad: hay una larga secuencia que muestra su matrimonio con detalle, algo insólito para esos tiempos de represiones.
(Boris Goldayev)

            El fotógrafo Leonid Kalashnikov filmaba apenas su tercera cinta, gran responsabilidad por los 70 mm, pero que deslumbra. La producción conformó casas laberínticas; hay una secuencia donde Vronski participa en una carrera de caballos donde sufre un accidente y éste es fotografiado de manera impactante: uno imagina que el caballo verdaderamente se lastimó y tuvo que ser eliminado. Kalashnikov trabajaría con directores de la talla de Panfilov, Kalatozov o Tarkovski. Las escenas eróticas son pocas pero intensas. Por muchos motivos, la cinta posee cualidades que la acercan al espíritu de la obra literaria porque surge de su verdadera naturaleza nacional: una tesis muy utilizada en esos años sesenta cuando ocurrió el boom de diversas cinematografías en los festivales internacionales, cada una con sus propias tendencias y temáticas.



            ¿Alguien de mi edad se acordará de ese lugar que se asemeja con otro fantasma de mi pasado? Esa esquina de Escobedo y Modesto Arreola forma parte indirecta de la cultura fílmica que se propiciaba en la búsqueda constante del dato, el libro, el cineclub, la televisión, que iba construyendo y alimentando nuestras obsesiones y fantasías (¿cuándo veríamos esas películas?, ¿llegarían algún día?).